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Isla Negra, diciembre de 2006
Mi querida Carlota,

Te imagino caminando por las frías calles de París. Con tu abrigo, tu bufanda, tus botas y tu paraguas. Tu embarazo ya se nota. En las últimas fotos que me enviaste te ves radiante. Parece que el mismo Dios se te hubiera bien acurrucado en el vientre, buscando tu calor. Escribo esta carta desde Isla Negra, en este verano extraño de nuestro Chile. El calor no puede acabar con el escalofrío que llevamos por dentro, como incrustado en el alma

El hombre murió. No me atrevo a escribir su nombre. Su partida final, tantas veces avisada, nos tomó por sorpresa. Acaso nosotros mismos habíamos creído que era inmortal. Muchos sienten que a la tumba se llevó su victoria. Sabes, porque lo habrás visto en la prensa que el país sigue dividido en pedazos. Como si en lugar de un país tuviéramos una caja de piezas de varios rompecabezas. Algunos salieron a las calles a llorar, muchos a liberar su alegría. Otros tantos, como yo, no supimos ni qué sentir. Nos quedamos paralizados. El corazón se nos quedó pendiendo de un hilo, como si cayéramos en animación suspendida. Yo corrí a refugiarme aquí en el mar. A buscarte entre la fe de las olas, esa fe que tantas veces una piensa que necesita asideros. Y te encontré, Carlota, entre mis pañuelos, en el hilván de mi falda, en el descosido de mi corazón. Me aferré a ti, para no perderme.

¿Qué somos, sino lo que hemos heredado y lo que dejaremos en herencia? Nada más efímero que el presente. Somos lo que vinimos a ser y a hacer, o nada seremos. Pasan los años. Te he visto convertirte en una mujer espléndida. Me propuse criarte sin el peso del odio, que por comprensible y justificado, no hubiera hecho mejor tu travesía de vida. Sí, te confieso, muchas cosas te oculté. Pero hoy es tarde de quitar verlos, de contar secretos, de abrir el alma. Y es también, te pido, tarde de perdones.

Creciste creyendo que tu padre murió en un accidente aquí en Chile. No fue así. La verdad es mucho más dolorosa. A tu padre la muerte no le llegó como siempre te dije. Una noche del húmedo invierno austral de julio de 1977, una noche de esos miles de días obscuros que vivimos, simplemente no regresó. Eran los tiempos de desapariciones inexplicables. Lo busqué por todas partes. No hubo hospital, puesto de socorro o comisaría que no visitara. Hasta en los reclusorios mentales lo busqué. Puse avisos en los bares, los cafés, las farmacias. Gasté las suelas por calles y plazas. Nada. La tierra se lo había tragado, o  la maldad. Sí, la maldad de un régimen que se justificó con frases como "devolver el orden al país".

Yo estaba embarazada de ti. "Vete de Chile", me decían amigos y parientes. "El no va a aparecer. Vete donde tu hijo por nacer no corra peligro." Una noche de septiembre, cuando nacía la primavera, desde la ventana de mi casa en Bellavista vi un automóvil, oscuro, siniestro, estacionado en la vereda, escondido tras unos árboles. Pasaron las noches. El auto seguía allí. Y entonces el miedo más espantoso me invadió el espíritu.  En la madrugada desperté sobresaltada por una voz que me susurraba en la soledad. Era tu padre diciéndome: "Escapa, busca la vida". Una semana después, al despuntar la mañana salí y no regresé más.

Los detalles de cómo conseguí un pasaporte falso, de cómo tuve que cambiarme el color del cabello e inventarme una nueva personalidad para poder superar los controles de seguridad en Pudahuel, te los ahorro. Con demasiada frecuencia nos fijamos en detalles que maquillan lo grueso. Y lo grueso fue que tuvimos que salir de nuestro Chile para llegar a hacernos de nuevo. Y hacernos de nuevo significó deshilacharnos, despojarnos. Y así naciste el 2 de marzo de 1978, en una tierra que no había olvidado el dolor de una dictadura. Su gobierno y su pueblo nos abrieron las puertas a muchos, sin exigirnos cartas de autenticidad. Recuerdo que al oficial de inmigración en Maiquetía le dije: "Yo soy chilena, y ese pasaporte es falso. Fue la llave para poder escapar hacia la libertad".

Me prometí no criarte para el odio, enseñarte a ser feliz, aun desde mi propia infelicidad. Me prometí enseñarte a amar aun cuando tuviera el corazón inundado de rencor.

Dominar cuatro idiomas me permitió ganarme la vida con decencia. En Venezuela los empresarios, las embajadas, los diarios y las imprentas requerían traductores. Pude agenciarnos una vida digna agazapada tras un nombre sin resonancia. Tú, en el edificio donde quedaba el pequeño apartamento en que rentamos, fuiste haciéndote de amigos venezolanos, que pocas preguntas hacían. Igual cuando iniciaste la escuela. Tus compañeros veían en ti una más, sin diferencias. Nunca cargaste con el peso de tener que dar explicaciones.

Nuestro contacto con los chilenos que en Venezuela habían encontrado una patria de abrigo, era escaso. Algunos de los pocos que llegamos a tratar, acaso pensaron que yo podía ser una traidora a la causa de los perseguidos políticos de Chile. A los chilenos se nos instaló la desconfianza entre pecho y espalda, y a veces, aún hoy, no nos deja ni respirar. Ninguno sabía que yo, escudada tras miles de kilómetros, servía a la resistencia que luchaba porque el mundo supiera el sufrimiento inmenso que la dictadura vertía diariamente sobre millones que fueron convertidos en siervos de un régimen al que el mundo hacía ojos ciegos, y hasta le festejaba sus "logros". Muchas fueron las páginas que escritas por compatriotas traduje para hacerlas llegar a Europa y otros países de América, muchas las historias que leí con los ojos nublados de lágrimas en las noches en las que tú dormías tus sueños de niña.

Cuando en 1988 al fin ganamos, estuve tentada de hacer maletas y volver. El país nos convidaba. Pero tuve miedo. Miedo de mí misma, pánico de llegar a Chile y que los demonios del rencor me tomaran por su cuenta. Temí sumergir a mi niña en ese pozo de dolor que yo llevaba por dentro, y que en tantos años no se me había secado. Me limité a armar unas vacaciones. ¿Las recuerdas? Te llevé a conocer la patria de tus abuelos que dormitaba en tu imaginación. Santiago, Valparaíso, Viña, Concepción, Chiloé, Puerto Montt. Quise mostrarte todo. Te llevé a los lagos y a las montañas, para que experimentaras la grandiosidad de la naturaleza.

Rehuí encuentros con parientes y amigos, evadí tus preguntas sobre mi pasado. Sólo quise que algo de mi Chile se te cosiera en el alma. El sabor de los fogones, el aroma de la tierra, la mirada de un país angosto y largo que siempre otea el mar como tratando de alcanzar el futuro. Fue un mes de amor exclusivo. Tú padre, sin tú saberlo, nos acompañó.

Eras una niña. No podías contener tus ansias de crecer. En ese viaje decidiste que tu oficio sería el de los sabores, el de hacer platillos que fueran festejo a los paladares de propios y extraños. Con madurez asombrosa me comunicaste tus planes. "Mami, yo seré la mejor cocinera". Y te prometí que te ayudaría.

El camino no ha sido fácil. Graduarte de bachiller y luego buscar la manera de convertir en realidad tus sueños de fogones y especias. La escuela en Colombia, las pasantías en restaurantes de Caracas cuando venías de vacaciones. Mi mudanza a Chile tantos años después de recuperada la sensatez en mi país. ¿Recuerdas que cuando te fuiste a Colombia me preguntaste por qué no regresar a Santiago? Te dije que en Venezuela estaría más cerca de ti. Fue la justificación que pude encontrar en mi portafolio de excusas. La verdad era otra. Chile estaba lleno de memorias aterrorizantes. En alguna parte de Chile estaba el cadáver de tu padre al que jamás pude darle sepultura. En Chile estaba el olor a infierno, el ulular de los espantos.

Sólo cuando Lagos ya convertido en presidente dijo aquello de "se pasó de los errores a los horrores", encontré la fuerza interior para sentir que había llegado mi momento de perdón y reconciliación, que nunca de olvido. Fue así como mi alma herida encontró el camino de regreso. Sólo entonces sentí que podía empezar a conjugar el verbo volver.

Tu matrimonio con Juan fue una bendición. Ahora están ustedes allá en París, perfeccionando su arte en la escuela Cordon Bleu, y yo me siento tan orgullosa de ustedes.

Ya estoy, al fin, tranquila. Siento una felicidad serena. Mis miedos encontraron reposo. He logrado el sosiego que se me escurrió durante tantos años.

Pronto darás a luz. Y sólo quiero pedirles que le pongan Victorino, aunque parezca un nombre pasado de moda. Y al pequeño Victorino prométele que su abuela Aguasanta lo esperará aquí, frente al mar en Isla Negra, para leerle versos de Neruda, para narrarle historias de leyendas, y para enseñarle cómo vuelan de lindas las mariposas.

Tu madre que te adora.

 

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